A lo largo de nuestras vidas nos vamos cruzando con una multitud de personas con las que establecemos una gran variedad de relaciones, pero que, básicamente, podemos dividir en cuatro grupos:

 

En primer lugar, esa gran masa con la que solo nos rozamos un instante sin más consecuencias, y dentro de la cual seguro que podríamos aislar a más de un elemento con el que podríamos compartir muchas cosas, y que, en nuestra ignorancia, dejamos escapar.

 

Después vendría una gran cantidad con la que nuestra relación es un poco más profunda, pero igualmente superficial, y entre la que tampoco sabemos reconocer a más de un alma gemela, o sólo en algunos casos, pero ya tarde.

 

Un grupo menos numeroso lo forman las relaciones más constantes en el tiempo, normalmente surgidas de situaciones no buscadas: la familia, el trabajo, el entorno próximo, y que forman el cuerpo de las relaciones personales.

 

Por último, el escogido grupo de aquellos con los que se establece una relación constante y profunda, potenciadora de nuestras capacidades, a veces desconocidas u olvidadas, con los que abrimos nuevos caminos de trabajo, recorridos con renovados ímpetus, aquellos que, aunque ya no estén, han dejado una huella tan profunda que no puede borrar el viento de los años.

 

En nuestro caso, esos caminos son los de la divulgación de la ciencia, o el estudio de su historia, o la aplicación de recursos nuevos en su enseñanza, y la persona que nos los abrió fue Tomás Hormigo.

 

Era necesario, claro, tener cierta predisposición, compartir inquietudes y objetivos, pero sobre todo, el Objetivo fundamental de ayudar a crear unas opiniones críticas en nuestro alumnado, y, por extensión, en la parte de sociedad más próxima al mismo, opiniones que, con un fundamento científico, ayudarían a luchar contra toda superstición, todo engaño o superchería en cualquier ámbito, a crear, en fin, opiniones del tipo aquel que puede hacernos más libres.

 

Y ese fue el gran Objetivo, profesional y humano, de Tomás, al que se entregó ideando continuamente nuevas formas de aproximarse a él, pasando por todo tipo de iniciativas con las que entusiasmaba tanto al alumnado como a compañeros de docencia: El Club Científico, en el Instituto, con aquellas observaciones nocturnas y celestes; la Semana de la Ciencia: momento anual de aproximación del alumnado a una ciencia experimental y lúdica; las reuniones del núcleo inicial que daría lugar a la Exposición en el Parque Tecnológico y, finalmente, a la creación del Museo de Ciencia y Tecnología (Tomás como ideólogo, promotor y artífice indiscutible); o los programas de divulgación científica en la radio malagueña, por mencionar sólo algunas que vivimos desde dentro.

 

Y desde luego, esa potencia emprendedora, se veía complementada y reforzada por una actitud y un carácter consecuentes con los objetivos a conseguir: tolerante, riguroso, dialogante, solidario, con una solidaridad combativa que caracterizaba la relación con su entorno, en el que no siempre encontró la comprensión necesaria en aquellos que no compartían su sentido de la generosidad, a pesar de lo cual, nunca dejó de luchar por lo que creía justo, ni de combatir contra la intransigencia y el dogmatismo, arrostrando los problemas personales que le pudieran acarrear esa actitud.

 

 Además, esa forma de ser le capacitaba para liderar cualquiera de los proyectos antes mencionados, o para dirigir el propio Instituto de la forma impecable en que lo hizo.

 

El caso es que nos resulta imposible sustraernos a un influjo que, si era gratificante cuando estaba a nuestro lado, nos acompaña, casi sin darnos cuenta, en su ausencia, y nos hace ver a Tomás como inevitable referente profesional y humano.

 

Nos consideramos afortunados de haber compartido con él una parte de nuestras vidas.

 

D. Rafael Martín y D. Diego Gajete
Profesores del Instituto E.S. “La Rosaleda” Málaga

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