El siglo que ahora termina y buena parte del siglo anterior, han contemplado el más extraordinario progreso que civilización alguna haya experimentado en toda la historia conocida. Hoy el hombre puede presumir de dominar la naturaleza en una medida jamás alcanzada antes. Nuestra civilización tecnológica se ha extendido por todo el planeta satisfaciendo ambiciones de todo tipo y acercándose a un delicado equilibrio en el que se enfrentan los beneficios del progreso a sus peligrosas contrapartidas.

Demostración científica en el Science Museum de Londres

Algunos intelectuales y formadores de opinión son decididos partidarios del progreso científico y tecnológico, mientras otros denuncian enérgicamente la rápida aplicación de los adelantos científicos a la industria, la medicina y otros campos donde la opinión pública se siente alarmada por motivos ecológicos o éticos la mayoría de las veces.

Este acelerado progreso científico y tecnológico ha promovido un gran interés por la ciencia y la tecnología al tiempo que una cierta reserva ante su desarrollo imparable. En España, que hasta ahora no puede ser considerado un país con gran desarrollo científico, se venden con éxito media docena de revistas científicas de diverso nivel; y entre los cinco museos más visitados de nuestro país, dos son museos de ciencias: el Museu de la Ciencia de Barcelona y el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. En Andalucía, sólo la Alhambra de Granada supera en número de visitantes al Parque de las Ciencias de la misma ciudad.

Al mismo tiempo, se da el curioso fenómeno de la propagación de las corrientes irracionales y, en concreto, de las llamadas pseudociencias. Contra lo que podría pensarse, las pseudociencias no se extienden sólo por los países científicamente menos importantes sino que se implantan con mayor o menor éxito en todas partes. Sin embargo, hay una diferencia a tener en cuenta: en los países con cultura científica, la irracionalidad está acotada mientras que en los países sin cultura científica, el desarrollo de las pseudociencias puede llevar a comportamientos individuales o colectivos de consecuencias lamentables.

En España, y más aún en Andalucía, el desarrollo de la comprensión pública de la ciencia tropieza con la escandalosa incultura de los responsables de los medios de comunicación, especialmente de televisión.  Basta con leer las programaciones o, más tedioso aún, tener la paciencia de contemplar algunos de los programas de las cadenas nacionales, regionales y locales. No existe preocupación por la divulgación científica y, cuando se dedica algún tiempo a temas relacionados con la ciencia, los conductores suelen mostrar su profunda ignorancia científica cuando no su franca predilección por los temas fantásticos. Esto contrasta claramente con el antedicho interés popular por la información científica que se observa en nuestra sociedad. La gente desea estar informada por dos razones fundamentales: por la repercusión de los avances científicos y tecnológicos en la vida diaria y por la curiosidad que esos mismos avances despiertan en cualquier mente activa. Por otra parte, no hay que olvidar que, en una sociedad democrática, el ciudadano, que con sus impuestos costea la mayor parte del esfuerzo de investigación científica, tiene derecho a saber cómo se emplea su dinero. Los propios científicos son los primeros partidarios de la comprensión pública de la ciencia. Saben que es la mejor manera de combatir el recelo social y la mala imagen que, según algunos estudios, tienen la ciencia y los científicos en los medios de comunicación, especialmente en cine y televisión, donde con frecuencia los científicos son presentados como personajes dementes, peligrosos y malvados.

Aparecen los museos de ciencia.

Antes del siglo XIX, la ciencia era una diversión cultural para las clases acomodadas y un adorno con el que los gobernantes cultos solían decorar sus cortes. Aunque sin llegar al caso ejemplar de Alfonso X el Sabio, muchos gobernantes, europeos en su mayoría, se rodearon de matemáticos, físicos y otros sabios a los que no siempre trataban con los debidos miramientos.

El pobre Johannes Kepler sufrió no pocas estrecheces por culpa de sus olvidadizos protectores los emperadores alemanes que, cuando le pagaban lo hacían con retraso. Pero, a comienzos de la era contemporánea, la ciencia empieza a demostrar que, además de ser un bien cultural, puede impulsar los avances de la técnica y, de esta manera, contribuir al bienestar de los pueblos. Los empresarios, los técnicos y los artesanos descubren que pueden trabajar con los científicos y que se necesitan mutuamente. Esto se hace especialmente patente en la Inglaterra de la Revolución Industrial y en otros países como Francia y Alemania. Existen muchos episodios que pueden ilustrar la fructífera interacción entre ciencia y técnica. En la emprendedora Holanda del siglo XVII, los artesanos ópticos inventaron el telescopio y el microscopio. El que es considerado justamente inventor de este último instrumento, Antonie van Leeuwen­hoek, un artesano más que científico, realizó, no obstante, algunas observaciones plenamente científicas. Utilizó su microscopio para demostrar que la generación espontánea no existe. Acabó con la errónea creencia de que las pulgas eran generadas en el polvo o la arena demostrando que eran engendradas a partir de huevos fecundados por el macho y puestos por la hembra. La idea del condensador de vapor, que hizo triunfar la máquina de vapor de Watt, fue concebida por este inventor tras conocer el trabajo de Joseph Black, profesor de la universidad de Glasgow, sobre los calores latentes. Como consecuencia del espectacular progreso de la ciencia, se desarrolló una extraordinaria afición a la misma que alcanzó, no sólo a las personas ilustradas, sino también a las grandes masas de población con celebraciones, en algunos casos, de convenciones científicas multitudinarias: la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, creada en 1831, reunía en sus conferencias anuales unas doce mil personas.

Los avances técnicos se producían cada vez con mayor claridad como consecuencia de descubrimientos científicos previos. Los pragmáticos empresarios ingleses comprendieron pronto las ventajas de la divulgación científica, pues la Revolución Industrial necesitaba operarios con algo más que conocimientos rutinarios. Las academias y sociedades científicas se extendieron por Inglaterra y por otros países de Europa y Norteamérica, respondiendo a motivaciones diversas y, entre ellas, a las de carácter filantrópico. Como herencia de aquella tradición, aparecieron a comienzos del siglo XX los primeros museos de ciencia: el "Deutsches Museum" de Munich (1906), el "Národní Technické Muzeum" de Praga (1908), el "Technologie Museum" de Amsterdam (1923), el "Science Museum" de Londres (1928) y el "Palais de la Decouverte" de París (1937). Estos museos responden a una creciente preocupación por la comprensión pública de la ciencia que se extiende a Estados Unidos ­donde se crea en1969 el "Exploratorium" de San Francisco­, Canadá, Argentina, Chile, Australia, Japón y otros países que comprenden la utilidad, el valor y el prestigio de contar con grandes centros de ciencia a la que consideran parte de su cultura. Pero no son solamente los países del llamado mundo desarrollado los que sienten esta preocupación. La India, en consonancia con su importante empuje científico y tecnológico experimentado en los últimos años, ha creado centros originales en Calcuta, Bangalore, Bombay y Nueva Delhi. Singapur, con el "Singapore Science Centre" se plantea la "alfabetización científica" como objetivo principal.

The Science Museum en Londres
Modulo del Science Museum de Londres

El "Exploratorium" de San Francisco marcó un cambio cualitativo importantísimo en la concepción de los museos de ciencia. Sus creadores, entre los que jugó un papel destacado el premio Nobel Robert Oppenheimer, quisieron convertir la ciencia en una diversión. A diferencia de los tradicionales museos de objetos de arte y reliquias, en el nuevo museo de ciencias los visitantes no encontraban letreros de "No Tocar" sino que, al contrario, se les animaba a manipular los aparatos y a realizar experimentos por ellos mismos. Esta filosofía ha conocido un éxito extraordinario hasta el punto de convertir algunos museos de ciencia en competidores de los más famosos centros de ocio. La revista"Newsweek" afirmaba que hay dos modelos de centros de diversión americanos: Disneyland y Exploratorium. Para la mentalidad norteamericana, la catalogación de un museo o centro de ciencia como centro de diversión no representa problema alguno. En cambio, en Europa se mantiene una idea más seria de cuál debe ser la imagen de un centro de ciencia y se presentan enormes escrúpulos ante los planteamientos coloristas de los museos del otro lado del Atlántico.

Los museos de ciencia españoles.

En España existen más de veinte museos o centros de ciencia en funcionamiento y, al menos cuatro más a punto de inaugurarse. De esos veintitantos museos, once se han inaugurado en el decenio de los noventa. Entre todos reciben más de dos millones de visitantes al año. Una buena idea del interés que se ha despertado en nuestro país por la difusión de la ciencia y, concretamente, por los museos o centros de ciencia, la tenemos en el hecho de que en el ECSITE, European Collaborative for Science, Industry and Technology Exhibitions, sólo el Reino Unido supera a España en el número de miembros. Hay que tener en cuenta, además, que en el ECSITE se encuentran la mayoría de los museos de ciencia españoles, pero no todos. Son miembros de esta coordinadora la Casa delas Ciencias de la Coruña (1985), el Parque de las Ciencias de Granada (1995), el Museo Balear de Ciencias Naturales (1992), el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife (1993), el Museu de la Ciencia de la Fundació La Caixa de Barcelona (1981), el Museo de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña, situado en Tarrasa(1996), el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (inaugurado en 1771 y renovado en 1989 tras años de abandono) y otros centros o museos en proyecto entre los que se encuentra el centro de ciencia Principia de Málaga.

Parque de Las Ciencias de Granada
Parque de Las Ciencias de Granada

Además de este proyecto, del que hablaremos más adelante, existen otros centros españoles inaugurados en los últimos años o a punto de abrir: la Domus de La Coruña (1995), el Aquarium Finisterrae de la misma ciudad(1999), el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria(1999), el Museo de la Ciencia de Murcia (1996), el Museo de las Ciencias de Castilla LaMancha de Cuenca (1999) y Cosmocaixa deAlcobendas (1999) nacido como una remodelación de un efimero museo llamado Acciona que tras ser adquirido por la espléndida Caixa fue completamente reconstruido bajo la dirección de Manuel Toharia.

Ahora, este popular divulgador que se hizo famoso como hombre del tiempo, está ultimando un nuevo museo, el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. Este centro, de más de cuarenta mil metros cuadrados, dotado con toda clase de servicios, entre los que no falta una comisaría de policía, forma parte de un colosal proyecto de la Generalitat Valenciana en el que se están invirtiendo un par de decenas de miles de millones de pesetas: la Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia. Desde hace tres años funciona el Hemisferic, la primera realización de este proyecto; se trata de una cúpula de proyecciones que se usa como planetario y como sala de espectáculos audiovisuales con once mil vatios de sonido. El edificio es obra del arquitecto Calatrava y ha sido muy visto en anuncios televisivos de cierto modelo de coche.

Merece una mención especial el Ayuntamiento de La Coruña, cuyo alcalde Francisco Vázquez debería pasar a la historia como un mecenas de la ciencia del siglo XX. En 1985 creó la Casa de las Ciencias, un pequeño centro interactivo en un palacete en medio del parque de Santa Margarita y dirigido por un profesor de instituto llamado Ramón Núñez, Era el segundo museo de la ciencia de carácter interactivo que se creaba en España. Diez años después abrieron la Domus o Casa del Hombre en un magnífico edificio firmado por el arquitecto japonés Arata Isozaki. Y en 1999, el Ayuntamiento de la Coruña con su alcalde Francisco Vázquez y Ramón Núñez han abierto su tercer centro de ciencia: el Aquarium Finisterrae. La sucesiva apertura de tres centros de ciencia en una misma ciudad y a cargo de un mismo patrocinador, permite pensar que, además de no ser ruinosos para el Ayuntamiento de La Coruña, deben rendir no pocos beneficios para la población.

Domus: La Casa de Hombre en La Coruña

 ¿Cuál es la rentabilidad ­en sentido amplio­ de un museo de ciencia?

Económicamente hablando, los centros de ciencia son deficitarios. Necesitan subvenciones de instituciones públicas o privadas que suelen cubrir un cincuenta por ciento o más de los presupuestos anuales. La autofinanciación parcial se basa en la venta de entradas y las tiendas de los propios centros. El Museu de la Ciencia de Barcelona, por ejemplo, ingresa anualmente trescientos millones de pesetas por entradas y tienda pero tiene unos gastos de más de mil millones; el déficit es cubierto por la rica y generosa Caixa. La cual debe considerar bien empleados esos millones como gastos de imagen. Este tipo de ventajas, entre las que se encuentran el impulso político de sus promotores cuando se trata de centros sostenidos por ayuntamientos o gobiernos regionales, está directamente relacionada al número de visitantes que, salvo raras excepciones, es muy alto. El éxito de público de un museo de ciencia interactivo es seguro como se desprende de las cifras que hemos dado anteriormente. Gracias a este éxito de público, un gran museo de ciencia como el de Barcelona ahorra mucho dinero en equipamiento electrónico ya que las más importantes firmas ofrecen gratuitamente sus aparatos para que se luzcan ante más de medio millón de visitantes con alto nivel de formación. Los modernos centros de ciencia se convierten en polos de atracción que pueden ayudar a dinamizar la actividad en una población. Este es el caso del Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha de Cuenca que es, como todos, económicamente deficitario. Pero se ha producido un fenómeno curioso: desde que se inauguró en enero de 1999, han aumentado las visitas al Museo de Arte Abstracto de esta ciudad. Se puede suponer, entonces, que ese no ha sido el único beneficio indirecto que ha tenido la ciudad tras la apertura del Museo de las Ciencias.

 

El sueño de un museo de ciencias en Málaga.

En la avenida Luis Buñuel de nuestra ciudad y en una parcela segregada del IES "La Rosaleda", se levanta un pequeño edificio de una planta haciendo esquina con la avenida dela Palmilla. Era el Museo Escolar de Ciencia y Tecnología, MECYT, que ahora se llama Centro de Ciencia Principia. Es el resultado del más firme intento de conseguir un museo de ciencia para Málaga y, en lo que sigue se cuenta su historia desde el punto de vista más objetivo posible por parte del autor...

En el IES "La Rosaleda" se creó a comienzos de los años ochenta el Club Científico "Albert Einstein" dedicado a las actividades científicas más atractivas para los jóvenes, principalmente la Astronomía. En el curso 1987­88, gracias a una subvención de la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía, se celebró la primera Semana de la. Ciencia; consistía fundamentalmente en una exposición de experimentos manipulables a semejanza de los vistos por mí en el Science Museum de Londres cuando, en mi juventud, trabajaba de mozo en un hotel situado a pocos metros de allí. Antes de la era Thatcher, la entrada a los museos ingleses era gratuita; así que yo me pasaba muchas de mis tardes libres en aquel maravilloso lugar.

En las sucesivas ediciones de la Semana de la Ciencia íbamos aumentando el número de experimentos manipulables que eran construidos por los alumnos y profesores del instituto. Al mismo tiempo, aumentaba de año en año el número de visitantes tanto del propio centro como de otros colegios e institutos de la capital que dedicaban unas dos horas a la visita ya que, además de la exposición de módulos o experimentos interactivos, también se celebraban conferencias, concursos, proyecciones, observaciones astronómicas y se realizaba desde el primer año una demostración de experimentos de Mecánica, Óptica y Electromagnetismo: la lata de aceite aplastada por la presión atmosférica, el huevo que entra por sí solo en una botella, la ingravidez de una gota de aceite, el recorrido del láser por una fibra óptica y otros experimentos que eran seguidos con enorme interés por los chicos. Durante la Semana de la Ciencia, los alumnos y profesores organizadores nos sentíamos como en un pequeño museo de ciencias.

A principios de los noventa, conocí a otros profesores que también realizaban actividades parecidas y se inició una fructífera colaboración entre un grupo de institutos cada vez más numeroso. Nos intercambiábamos ideas y engrosábamos nuestras respectivas exposiciones con los aparatos que nos prestábamos unos a otros.

 

El Experimentarium de Torremolinos.

Por esa misma época, la popularidad de nuestra Semana llamó la atención de los promotores de un interesante proyecto que pretendía la instalación en Torremolinos de una extensión del Experimentarium de Copenhague. Se me invitó a incorporarme como "asesor científico" al mismo y participé en varias reuniones con el alcalde y concejales de esta población costera; también intervine en dos presentaciones públicas que se hicieron del proyecto ante empresarios y autoridades. Por entones, realicé una visita al Experimentarium danés para asesorar sobre la selección de unidades de exhibición que habían de ser adquiridas por el Experimentarium de Torremolinos al precio medio de dos millones y medio de pesetas cada unidad. Al final, Unicaja y el Ayuntamiento de Torremolinos no se decidieron y el proyecto se abandonó tras más de un año de gestiones.

Pero yo obtuve una enseñanza muy valiosa: nosotros, los alumnos y profesores de instituto éramos capaces de construir los módulos interactivos de un museo de ciencia. Tendrían, lógicamente, unas calidades de acabados y diseño inferiores a los de los grandes museos. Pero, por el contrario, tendrían el valor de demostrar que la ciencia se puede hacer con medios al alcance de cualquiera; un par de latas de galletas con una serie de tornillos pueden ilustrar la influencia del momento de inercia en la rotación de los cuerpos; con ocho tarros de zumo de frutas se construye un instrumento musical; un secador de pelo y una hoja de papel sujeta por un libro muestran el principio de la suspensión aerodinámica en los aviones; un viejo televisor en blanco y negro puede servir para observar la acción de un campo magnético sobre un haz de electrones. Esta ciencia de bajo coste resultaba muy entrañable y tenía el aliciente de acercar la ciencia al público con una gran efectividad. El costo medio de estos módulos interactivos era de menos de veinte mil pesetas. Teníamos, pues, el museo de ciencias al alcance de la mano.

La Mesa de Billar Elíptica fue realizada por el padre de un alumno de Club Científico.

Nace el M.E.C.Y.T.

Tras el fracaso del proyecto de Experimentarium, pero entusiasmado con las optimistas consideraciones expuestas más arriba, llamé a algunos compañeros de otros institutos que se habían mostrado interesados en la construcción de experimentos manipulables y, llenos de ilusión, presentamos en rueda de prensa, celebrada en el aula magna del IES "La Rosaleda", el Museo Escolar de Ciencia y Tecnología (MECYT) el día28 de Mayo de 1993. Le dimos forma legal como proyecto de innovación educativa; era continuación del proyecto realizado el curso anterior en mi instituto con el nombre de "La ciencia dentro y fuera del aula" sólo que ahora eran doce los centros participantes.

El curso siguiente fue decisivo en esta historia del proyecto de Museo de Ciencias de Málaga. Felipe Romera, director del Parque Tecnológico de Andalucía, recibió encantado la propuesta de celebrar una exposición del MECYT en el Parque. No es de extrañar esta buena disposición, entre otras razones, porque en una anterior edición de la Semana de la Ciencia del IES "La Rosaleda" había sido invitado a dar una conferencia en compañía de Carlos Miró, autor del proyecto de la Tecnópolis malagueña. Después de la charla, se le invitó a visitar la exposición de módulos interactivos y, nada más entrar, exclamó: "Esto es lo que me gustaría tener en el Parque".

Módulo "Rulo que sube cuesta arriba" en la Exposición MECYT del PTA.

La preparación y celebración de la exposición fue una etapa maravillosa. Más de sesenta profesores se entregaron con todo entusiasmo a la tarea. Se crearon clubs científicos en otros institutos y cientos de alumnos se contagiaron de la ilusión de conseguir un museo de ciencias. Fueron meses de trabajo intenso en los que nos sentíamos protagonistas de una proeza innovadora en la enseñanza y en la proyección pública de la ciencia. El consejero de Educación Antonio Pascual visitó la Semana de la Ciencia de la Rosaleda en Febrero y durante su recorrido dio muestras de un entusiasmo desbordante. "Estaba como una moto" comentó Felipe Romera días después. En Abril, acompañado de otras autoridades, el consejero inauguró la exposición en el PTA que conoció un éxito enorme que se pudo constatar tanto por la respuesta del público como por el tratamiento que recibió en los medios de comunicación. Pascual volvió para la clausura a finales de Mayo y, después de dar las gracias a los profesores por el trabajo realizado, nos anunció la inmediata dotación de cincuenta millones de pesetas para empezar el edificio del Museo. Al año siguiente vendrían otros cincuenta millones y... lamentablemente, Pascual dejó la consejería de Educación al mes siguiente y su sucesora en el cargo no mostró el mismo interés por el MECYT. No obstante, la primera dotación se hizo efectiva y se construyó el edificio; aunque no en Octubre del 94, como anunció Pascual sino años después.

El Consejero de Educación y Ciencia, Antonio Pascual, durante su visita a la Exposición del a VII Semana de la Ciencia (1994)

En el curso siguiente, 1994-­95, se creó la Asociación "MECYT" para dar entidad legal al proyecto y empezaron a manifestarse ciertas fisuras en el seno del grupo promotor. Siguió un período muy gris de más de cinco años en el que se enfriaron algunos ánimos, no por la larga espera ni por falta de fe en los objetivos sino por causas que sería tedioso explicar en este trabajo. En todo caso, el numeroso colectivo inicial se redujo a un pequeño grupo.

La Esfera de Plasma, realizada por un alumno de Electrónica del IES La Rosaleda utilizando material reciclado.

Independientemente de las diferencias personales, lo que realmente estaba en juego era la filosofía del proyecto. Para mí, y creo que para la mayoría de los que empezamos, había dos rasgos irrenunciables: la participación abierta de profesores y alumnos a través de los clubs científicos, que convertían a nuestro Museo en un centro original, y la ambición de conseguir un gran Museo, no un juguete. Para ello, había que arrancar un compromiso de las instituciones de dar a Málaga un centro de ciencia moderno a la altura de la categoría de la capital más pujante del sur de España. Los cincuenta millones iniciales serían sólo el germen de una bella realidad. Un museo que crecería poco a poco para convertirse en un gran centro de ciencia con un edificio digno de Málaga con una actividad divulgativa, educativa, científica y lúdica que resonase mucho más allá de los limites del mundo de la enseñanza. En ese Museo estaría el Museo Escolar de Ciencia y Tecnología con sus profesores de ciencias y sus alumnos construyendo experimentos ingeniosos y con materiales al alcance de cualquiera y estarían las valiosas colecciones que se guardan en algunos institutos. Pero también estaría la Málaga industrial del siglo XIX; estaría el Aula del Mar con su acuario y su centro de recuperación de especies marinas amenazadas; habría una exposición permanente de módulos interactivos profesionales; habría un área para exposiciones temporales; habría salas de conferencias y seminarios.

El Teorema de Bernouilli demostrado con materiales sencillos: Un secador de pelo y una bolita de corcho.

Este sueño todavía es posible y hay motivos para el optimismo. Hace poco, la Diputación y Unicaja se adhirieron al consorcio que la Consejería de Educación y Ciencia trata de articular para el sostenimiento del centro de Ciencia Principia. Se pretende que se adhiera también el Ayuntamiento para lo que habrá que superar algunos obstáculos de carácter político. Quizás, al final se llegue a un compromiso y, el centro de ciencia Principia crezca en tamaño y en dotación hasta alcanzar la masa crítica que le haga ganarse al gran público y convertirse en el Museo de Ciencias que Málaga se merece. Los que en su día nos unimos para trabajar ilusionados por esta idea, nos sentiremos recompensados en nuestro esfuerzo.

Tomás Hormigo Rodríguez

Aparecido en el número XII de la Revista Péndulo de Málaga (2000).

 

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